El valor de lo comunitario

Jasper Visser

Las tres grandes virtudes de Ámsterdam, la ciudad en la que vivo, son su escala, su cultura ciclista y la tradición histórica que un día la convirtiera en parada de comerciantes y viajeros. Para mí, es la mejor ciudad del mundo y algún día espero ser su alcalde. Entonces, mi primer mensaje sería, que independientemente de lo bien que funciona ahora, todo es susceptible de mejorar. Y para ello, pondría en valor todas y cada una de sus comunidades locales: trabajar con ellas significa no solo conocer en profundidad tu ciudad, sino emprender nuevos modelos de convivencia y atacar con mayor efectividad las problemáticas para elevar su nivel de vida.

Cornelis Anthonisz: El más antiguo mapa de Ámsterdam, 1538. Amsterdams Historisch Museum, Ámsterdam

Vivo en Ámsterdam y un día espero ser su alcalde. Las tres virtudes más grandes de la ciudad son su escala, su cultura ciclista y el hecho de que históricamente siempre ha sido una ciudad de comerciantes y viajeros. El millón escaso de personas que vive en el área metropolitana usa la bici para 6 de cada 10 viajes que realiza, y pertenece a unas 176 nacionalidades distintas. Cuando hace buen tiempo, los negocios van bien y no hay nada que cree tensiones innecesarias a nivel nacional ni internacional, Ámsterdam es la mejor ciudad del mundo, y punto. Y no soy el único aficionado. Los bares están llenos de emigrantes que trabajan para las grandes multinacionales; empresas como Tesla Motors trasladan sus sedes a la ciudad; y nuestros Rijksmuseum y Concertgebouworkest están considerados entre los mejores del mundo.

Bicicletas sobre los canales, Ámsterdam

Rijksmuseum, Ámsterdam

Entonces, ¿qué haré como alcalde? ¿No necesitan los alcaldes altos índices de criminalidad, sistemas sanitarios deteriorados y cierres de fábricas para ser elegidos?

Independientemente de lo bien que funcione la ciudad, mi mensaje sería que podría ir mucho mejor. El siglo xxi ofrece innumerables oportunidades para que las ciudades sobresalgan, no sólo gracias a las nuevas tecnologías que se llevan todos los titulares sino también a los cambios sociales propiciados por ellas. La primera posibilidad que querría sugerir para las ciudades es la creación de valor entre sus comunidades locales. O para usar términos actuales, la cocreación y el micromecenazgo.

En un proyecto excepcional de 2010 y 2011, un conservador del Rotterdam Museum —el museo histórico de la ciudad— trabajó repetidamente con un grupo de mujeres en uno de los barrios más pobres de la ciudad para descubrir, entender y documentar las hábiles y complejas formas en que los temas de ciudad, pobreza y familias eran abordados. Después, el museo comunicó sus estrategias, percepciones y conocimientos en una revista en la que ese grupo de mujeres se relacionaba con otras mujeres de la ciudad, mujeres procedentes de otros barrios y de otras épocas —de ahí el nombre del proyecto, Every Woman [Cada mujer]—. De repente, la ciudad entera, y otras ciudades a las que llegó la publicación, se vieron beneficiadas de los esfuerzos de un pequeño grupo de ingeniosas residentes, y podían aprovechar la sabiduría de las mujeres del pasado y de aquellas que aparecieron tras haber leído la revista. El museo acortó así las distancias entre la gente que vivía en Rotterdam y, a la vez, reforzó su capacidad de abordar cuestiones de pobreza y vida familiar en la —gran— ciudad.

Delft Vaart, Rotterdam, The Netherlands, ca. 1895. Library of Congress, Washington DC

Mark Engelen: Every Woman [cubierta], 2010–11. Rotterdam Museum, Róterdam, Países Bajos

El proyecto demuestra cómo una institución, con la estrategia adecuada, puede descubrir y beneficiarse del valor creado en las comunidades locales. Las ciudades están llenas de ese tipo de comunidades. Algunas, como las mujeres de Rotterdam, se juntan porque comparten una serie de valores y adversidades; otras se congregan en torno a reclamos internacionales como la horticultura urbana, al estilo de la comunidad a la que yo pertenezco y que regenta una pequeña «granja» urbana. Lo que todas estas comunidades tienen en común es que crean valor para sus miembros. Una ciudad es la suma de este valor o, como resume a la perfección el eslogan de la Comunidad de Madrid, «la suma de todos». El reto que se plantea una ciudad como Ámsterdam es aprovechar este valor y asegurarse de que todos los ciudadanos se benefician de él por igual. Internet y otras tecnologías relativamente nuevas juegan un papel importante, pero la cuestión también tiene que ver con la manera en que una ciudad es gobernada, la manera en que se dirige a sus ciudadanos y la medida en que consigue utilizar todo el valor y la energía que ha creado para superar los problemas a los que quizá se tenga que enfrentar.

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Sala de la Ronda Nocturna, 1640–42, de Rembrandt van Rijn. Rijksmuseum, Ámsterdam

Como alcalde de Ámsterdam, empezaría por contratar a un equipo de comisarios urbanos para que buscase aquellas comunidades que abordan con éxito problemas grandes y pequeños, como la reducción de CO2, la inmigración, la atención a la tercera edad, el masticar chicle por la calle o la seguridad. Luego, con la prudencia de los comisarios habituales, regularía y difundiría sus enseñanzas por toda la ciudad. Si no existen soluciones locales habrá que buscarlas fuera del país a través de nuestra red de 176 nacionalidades. Si no existe solución alguna, todavía, habrá que invitar a la ciudad entera a buscarla, utilizando su talento y empuje. Al contar con casi un millón de personas y el talento y el empuje de las multinacionales del mundo, si estamos conectados a través de comunidades locales y aprovechamos las ideas a pequeña escala para lograr grandes cambios, no hay problema que no podamos solucionar.

No les puedo pedir que me voten, ya que en los Países Bajos los alcaldes no son elegidos por sufragio. Pero si algún día esta circunstancia varía, ésta será mi plataforma.